miércoles, 5 de diciembre de 2012

AH



Las siguientes horas fueron una neblina de realidad y sueño. Tirado en la cama, dejo pasar el tiempo entre pesadillas y cigarrillos.
Una espesa niebla en la habitación y otra en su mente.
Soñó con aquella mujer, viendo como ardía en una hoguera, que el mismo avivaba. Y solo podía reír, señalándola, gritándole que el solo era el brazo ejecutor. Y con el cuerpo al rojo vivo, lagrimas desafiantes al fuego resbalando desde los ojos. Ojos amarillos, como de animal, llenos de ira y, a la vez, de suplica, de perdón. Pero Quintin nada más que reía y reía, avivando con sus risas, llanto y fuego.
Y cuando apagaba su segundo, tercer cigarrillo, y se acurrucaba nuevamente en la cama, regresaba el mismo sueño.
Apenas consciente de que había dejado escapar un día, se acercó al restaurante del otro lado de la carretera. Hambriento, aunque sin ganas de comer, pidió una hamburguesa especial para llevar. Al salir, se cruzó con una pareja que le miró de arriba abajo. No reparó en ellos, ni en su mirada ni en los cuchicheos de reprobación según se alejaba.
Se dirigió al coche, dejó la bolsa con la comida en el asiento del copiloto y condujo a ningún lado. Tomó un camino de tierra, al poco de salir del pueblo. Un pequeño bosque al frente le hizo detenerse. Cogió la bolsa y caminó sin rumbo fijo entre los arboles.
Al despejarse, vio por fin el famoso rio. Apenas era un hilillo de agua, que parecía venir de las montañas, aquellas que ahora no parecían tan lejanas. “¿A cuánto estaré del pueblo?”. El pequeño bosquecillo que había cruzado tapaba la dirección por la que debía estar.
Mordisqueó la hamburguesa fría, desganado, y la lanzó con fuerza hacia atrás, hacia los arboles.
No se percató que un pequeño lobo agarraba los restos y se escabullía hacia dentro.
Se tumbó sobre el verde suelo, miró la luna y gritó:
- ¿Qué hice? Ese no podía ser yo. Ya no, ya no
Lloró hasta caer rendido.

viernes, 2 de noviembre de 2012

8

- Angie, cariño, despierta... Hoy va a ser un día especial, cielo.

La niña la miró con sus grandes ojos azules. Josephine había dejado una mochila en el suelo. 

- ¿Dónde me llevas? ¿Es porque he manchado las sábanas? No volveré a hacerlo -sollozó-.

- No te preocupes, ahora lo lavamos. Ya te dije ayer que hoy haríamos algo especial. Ponte esta ropa y las botas, hoy vamos a caminar un rato. 

La niña empezó a vestirse con lentitud, intentando parar el tiempo en cada movimiento que hacía. Josephine deshizo la cama. Tranquila, no tengas prisa, mientras tú te vistes, yo lavaré esto. Y la besó en la frente.

¡Mi mamá! ¿Dónde está mi mamá? Empezó a llorar con desconsuelo. ¡Mamaá! Josephine se acercó a su lado. Por fin lloraba por su madre... La abrazó fuerte. Esto es lo que necesitas, amor, pensó, mientras apretaba a la niña contra su pecho. ¡Mamaá!, ¡Mamaaá! No podía entender cómo una mujer podía dejar su instinto aparcado en la cuneta de la carretera. ¡Mamaaá! John le había dicho que había ido al pueblo a preguntar por ella, pero ya se había marchado. Había pasado la noche con un desconocido. Aunque parecía claro que se había ido con él por voluntad propia, una pareja de novios la habían visto marcharse golpeada y despeinada en un coche rojo. ¡¡¡¡Mamaaá!!!! 

Ya no puedo más...

- Sssttt... Tranquila, tranquila... Hoy vamos a ver lobos las dos. Ven que te limpie esos ojos tan bonitos. Te contaré el plan. Quería que fuera una sorpresa, pero creo que te he asustado.

- ¿No me dejarás sola otra vez?

- No, cariño. No te dejaré sola, porque no estás sola. Vas siempre con tu lobo y tu fuerza interior. 

- Pero, ¿no me dejarás sola otra vez?

- No, cielo. Vamos a ir a buscar un árbol, uno que te guste mucho. Vas a sentarte debajo de él y dejarás que la sangre caiga en sus raíces... No te preocupes, estaré cerca, pero lo harás sola. Luego nos sentaremos debajo a su sombra y esperaremos a tu lobo.

- ¿Seguro que vendrá?

- Si. Solo tenemos que esperarlo...Si no es él, quien nos espera a nosotras junto al árbol. Pero tenemos que darnos prisa: hay un camino largo en coche y andando...

La niña asintió con la cabeza.

- Eres una maga- susurró entre dientes.

sábado, 4 de agosto de 2012

AG


Diario en el suelo, ropa desperdigada alrededor de la habitación. Botella de whisky vacía, con una última gota resbalando por la boca.
Quintin despertó y vio que al otro lado de la cama no había nada. Se incorporó levemente. Notó un pinchazo en la sien y una espesa niebla en su mente. Ahora mismo solo tenía pequeños flashes del día de ayer “¿Ayer, seguro?” y su cuerpo solo le pedía acostarse nuevamente.
Con gran esfuerzo, se levantó y arrastró los pies hasta el baño. En el camino, tres arcadas y dos nuevos asaltos a la cabeza. Agarrado a la taza, esputó algo de bilis, pues tenía el estomago vacío, y eso solo le hice redoblar los dolores. Se refrescó el rostro y el espejo le devolvió cansancio y varios arañazos en pecho y espalda.
Cogió lo primero que vio y se fue a por algo de beber, la boca como caracol pinchado en un palo. Su gruñido fue convenientemente respondido en recepción.
Regresó hacia su habitación, y se sentó en la puerta, bebiendo largos tragos del refresco de cola y mirando a las estrellas, sin saber el tiempo que había pasado desde el encuentro. Horas, puede que algún día.
- Debiste tomar precauciones - dijo una voz que parecía provenir de una columna cercana.
Apretó los ojos en la dirección del sonido y vio a un hombre a pocos pasos de él, mirando al frente. Rasgos indios, piel curtida.
- Ella no se puede permitir otro embarazo, otra infancia rota.
- ¿Qué? ¿Cómo? ¿De qué me esta hablando? - el dolor al hablar se hizo dueño de su cuerpo.
- De la mujer que esta mañana salió de su habitación, gritando, entre sollozos ‘No debí abandonarte, perdóname’ - Quintin solo reparó en la mala imitación de voz de mujer del indio, sonriendo mentalmente - La vida ha sido muy dura con ella y lo va a seguir siendo.
- Pero quién coño es usted. Lárguese, puto indio, y deje sus batallitas de espíritus para sus bailecitos en la hoguera.
- Recuerda - dijo, sin cambiar el tono de voz - Los pequeños detalles hacen huracanes a nuestro alrededor.
Y el indio desapareció entre las sombras, tal cual apareció, sin que Quintin le dedicara algo más de un mirada de soslayo, hueca.
El refresco hizo su efecto y su estomago rugió. Corrió hacía la puerta de su habitación, dirección al baño.

lunes, 30 de julio de 2012

7

- ¡Josephine! ¡Josephine!

No sé qué debía pensar tu madre al dejarte abandonada, pero yo no haré lo mismo.  Has madurado demasiado pronto. Esto no me lo esperaba.  Fue a su cuarto a por compresas y entró en la habitación de la niña para coger una braguitas blancas de la cómoda donde guardaba las cosas de su hermana Samantha.

- Aquí tienes, mi niña.- dijo alargándole unas braguitas blancas.

- Ha sido sin querer. Lo siento...

- No te avergüences. Nadie controla cuando aparece su luna, mi pequeña loba. Ha llegado tu momento. Es pronto. Tendré que llevarte al bosque a enseñarte qué significa. 

Le dio la compresa para que se la pusiera.

- No. No quiero. No lo volveré a hacer, pero no me pongas pañal. 

Una lágrima advirtió a la mujer que tenía miedo. 

- Lo volverás a hacer cada mes, cariño. A mí también me pasa. No es un pañal, sirve para que no te manches. Se pone así. No te preocupes. Mañana iremos juntas a un lugar donde verás lobos de verdad. Volveremos antes de que se ponga el sol. Te darás cuenta de  lo poderosa que eres como mujer...

     Angie la miró con un interrogante, pero "es una maga", se dijo. Y asintió en silencio. La idea de ver un lobo de verdad le gustaba mucho. Y en los dos días que llevaba con la familia la habían tratado como nunca nadie lo había hecho. A pesar de todo, la figura de su madre estaba muy presente ahora y tenía ganas de llorar. No lo haré. Me ha dejado sola.

- Ve a dormir. Mañana saldremos con el sol para celebrar tu ceremonia. En los pies de tu cama te he dejado ropa que te puede servir. Pruébatela antes de dormir. Te arreglaré lo que esté roto.

La niña obedeció y se fue en silencio hacia su cuarto.

- Buenas noches, cariño.

- Buenas noches, John. Ahora mismo te preparo la cena, ha sucedido algo.

- Lo sé. He hablado con los ancianos sobre la niña. Se puede quedar. Me han dicho que necesitará esto. - le acercó un pequeño cuenco de madera. - Debemos tener cuidado, su lado animal es muy fuerte. Si no controla su poder, se podría  hacer daño a sí misma.

- No me dices nada que no sepa.- Calló a su marido con un beso en la frente y un plato de sopa.- Mañana salimos al amanecer. Sé que el espíritu de Samantha nos guiará.

- Rezaré por vosotras cuando salga el sol.

- Lo sé. Te quiero. Voy a ver cómo le queda la ropa de su ceremonia. Esto es cosa de mujeres. 

Su marido la miró con cara de ternura. Empezaba una época difícil para el matrimonio, lo intuía. Angie necesitaba una madre y su mujer una hija, pero había mucho dolor en la niña. lo podía leer en sus ojos.


sábado, 21 de abril de 2012

AF

Motel Riverside Día 2
¡Jooooder! En todo el viaje no había vivido algo así. Me tiembla la mano al escribir.
Tras un par de horas en el café del motel, con una charla intrascendente, me convenció para bajar al pueblo. Fuimos andando, estaba cerca. Nos metimos en el primer bar que encontramos y pedimos cerveza y whisky. Era demasiado temprano, pero me estaba dejando llevar. No sabía el que, pero algo me empujaba a seguir su ritmo, que no era nada lento. Varias rondas después y alguna partida de billar, me había quedado sin dinero. Le ofrecí acompañarme al motel, a lo que respondió cogiendo el bolso y saliendo por la puerta. Entramos en la habitación y mientras cogía dinero de la mochila, escuche que echaba la cadena de la puerta. Me giré y vi que estaba apoyada en la puerta, con los ojos fijos en mi. Y solo decían una cosa: Follame. Me acerqué. Metí mi mano en su falda. Con un respingo y una mirada al techo, se soltó. Me empujó a la cama y...
He perdido la noción del tiempo, sé que ha pasado alguna hora. Tengo en mi mente dos, tres veces. Violado, dominado, ella llevaba las riendas, los tiempos. Jamás había visto algo así, era como una loba en celo. Es el mejor polvo de mi vida, coño.
Debí tomar precauciones
Ahora, descansa al otro lado de la cama, desnuda, de espaldas, un culo maravilloso. Creo que...


Soltó el diario. Deslizó su mano y agarró uno de sus pechos. Mientras, con la otra, abrió un poco sus piernas y, totalmente excitado, la penetró por detrás. Uno, dos, tres. Siguió empujando sin importarle nada, sin reparar que, contra el brazo que no soltaba el pecho, chocaban lágrimas negras de rimel.

lunes, 9 de abril de 2012

6

Tras dos millas de camino, encontraron un cartel:  "Welcome to St James Valley".  "Ya estamos cerca". La niña giró la cabeza, como había hecho durante todo el camino. Esta niña es muy fuerte, pero hay algo que la preocupa. "No tengas miedo." "No lo tengo." "¿Por qué miras durante todo el camino hacia atrás?" "Tengo un lobo que me sigue." "No te hará daño." Angie miró con autosuficiencia. "Lo sé." En cuanto llegue a casa debo hablar con John. Esta niña es muy especial. 

Tras haber pasado una decena de casas, se detuvieron ante una de madera. Estaba pintada de blanco y colgaban botes de cristal con diferentes flores y hierbas en el porche. En el pequeño jardín, un perro atado ladraba mientras movía la cola. "Mi lobo no le hará daño."  "Lo sé." La niña miró a Josephine.  "Yo sé que tú eres un maga."  "No. No lo soy." "Sí, lo eres." Señaló con una mano. "Y él es un mago gigante." Un hombre con el cabello liso y suelto salió a recibirlas. "Habéis llegado justo a tiempo." La niña quedó hipnotizada por la gran figura de aquel desconocido al que no podía dejar de mirar. "¿No quieres comer?" Asintió con la cabeza. "Pues deja a tu lobo fuera y entra." Josephine sonrió. "Lo sabía. Sois magos." Tenemos mucho trabajo contigo, pequeña... "Entra en casa."

sábado, 31 de marzo de 2012

5

       Al caer la noche del cuarto día, la mujer india se acercó en silencio, encendió unas ramitas de salvia y cubrió a la niña con su humo mientras cantaba en su idioma.

- ¿Cómo te llamas? -le preguntó Angie-. 

         No obtuvo respuesta: seguía haciendo su ritual. A la niña le pareció que olía bien.

- Ven conmigo. Ya estás preparada.

- No. Mi madre me dejó aquí y dijo que la esperara.

- Tú sabes, como yo, que no vendrá. Lo has visto en tus sueños.

En realidad no sabía si era un sueño, si se lo había imaginado o si de verdad se sentía como una lobezna abandonada; pero intuía que su madre esta vez no volvería.

- ¿Cómo te llamas? -insistió la niña- ¿Cómo sabes que he soñado con algo? ¿Eres una maga?

- Eso son muchas preguntas, pero te responderé, si me acompañas. Me imagino que tendrás hambre y sed.

El estómago sonó con fuerza.

-Sí, tengo hambre y sed.

-Soy Josephine Wolf. Como ves, no soy como tú, soy una mujer india de la tribu de los lakota. Has estado cuatro días sola, sin apenas moverte de esa roca. No has comido ni has bebido. Sin quererlo, has convertido en mujer. Algo pronto, incluso para nuestra tradición, pero siempre hay un motivo para todo: no lo olvides.

- No lo entiendo. ¿Eres maga?

- No, no soy maga. Si sé que has soñado con algo es porque estoy convencida de que lo has hecho. Has estado sola, no has llorado, no has salido corriendo: algún animal te protegía.

- Tú dices que no, pero eres maga. He soñado con lobos y no me hacían daño.

- Entonces, confía en mí y vente con los míos. No te haremos daño.

        La noche era cerrada, pero la luna llena iluminaba la figura de las dos mujeres caminando por el arcén de la carretera...




martes, 20 de marzo de 2012

AE

Los huevos y el beicon estaban en un buen punto, pero la tarta de manzana era de lo más corriente. A mitad de desayuno reparó en la mujer, única cliente en el restaurante junto a él. Pañuelo en la cabeza y gafas de sol, le vino a la mente Susan Sarandon, pero no había indicios de ninguna Thelma acompañándola.
Levantó el brazo y, rápidamente, acudió la camarera.
- ¿Señor? ¿Está todo bien?
- Todo perfecto. La tarta es deliciosa - mintió descaradamente - ¿Podrías traerme un poco más de café y la cuenta?
- Enseguida, señor.
- Ah, y me llamo Quintin. Creo que pasaré una temporada por aquí. Será mejor que dejemos las formalidades, ¿no crees, Marge?
- Como desees, Quintin - y marchó a la barra contoneando un poco más la figura, cuan pavo real tratando de atraer a la hembra. "Quien tuvo... Todavía hay buen brillo"
Con la taza caliente en la mano, se acercó hasta la mesa de 'Louise'. Pudo ver azúcar derramada y el dedo de la mujer pasando por unas letras escritas en ella: una 'A' y una 'n', y lo que, en un principio, parecía una 'p'. "No, no. Lo estás viendo del revés. Es una 'g'".
- Hola. Me parece que ambos nos alojamos en el motel.
- Pues creo que te confundes. Acabo de llegar y solo estoy de paso.
- Disculpa, pensé que...
- No hay nada que disculpar - dijo sin levantar la mirada de la mesa, siguiendo las líneas de las letras.
- Aun así, siento haberte molestado - avergonzado, giró hacia su mesa.
- Espera. Siéntate. El inicio no ha sido muy elegante, pero me vendrá bien un poco de compañía.
- La verdad es que no he sido muy hábil. El café no ha hecho su efecto despertador - arrastró una silla y se puso frente a ella - Me llamo Ton. Quintin Ton.
- Encantada - y con un rápido zigzagueo de su índice, borró las letras del azúcar. Subió la cabeza, bajo un poco las gafas de sol, y realizó un rápido escaneo visual de Quintin - Me llamo...

martes, 13 de marzo de 2012

4

           A pesar del frío de la noche, Angie permanecía inmóvil, con la mirada fija en Naghí. 

         Después de tres días, los turistas las contemplaba como estatuas de sal en el desierto. A veces bajaban del coche, para echar alguna foto, como si estuvieran delante de las mujeres de Lot. 
       
        El día había amanecido despejado y el cielo estaba más limpio que nunca. Mujer y niña parecían comunicarse telepáticamente. Resiste, mi pequeña lobezna, eres muy fuerte. Naghí tenía claro cuál sería siempre el animal de poder de Angie. Tendré que enseñarle a manejar su fuerza. Es un animal muy poderoso y puede perderte. 

         Tengo hambre y sed. ¿Por qué no viene mamá? Esa mujer parece buena. A mamá le gustaría. El día pasaba lento sin nada que llevarse a la boca,  pero había encontrado una manera de entretenerse. Con mamá jugaba poco: trabajaba mucho y pasaba muchas horas fuera. Fue entonces cuando empezó a imaginarse que era una loba. Era su animal favorito desde que hizo un trabajo en la escuela sobre él.  Un lobo jamás la hubiera dejado sola... Ahora, se imaginaba atravesando el desierto, en forma de lobo y encontrando una jauría -qué palabra más bonita- que fuera su familia. Cada vez estaba más convencida que nadie iría a por ella, pero ahí estaba esa extraña que la miraba fijamente y que no se movía de su lado.

lunes, 12 de marzo de 2012

AD

Ahhhhh!!!
Bostezo, estiramiento completo para colocar huesos y músculos, y el ritual macho ancestral de cerciorarse de que sus atributos permanecían en su sitio. Lavado de cara, de dientes "Dentífrico, otra que apuntar en la lista de compras", hilo dental, desodorante y fresca colonia. Esto se correspondía con los restos básicos de lo que en otro tiempo eran cerca de dos horas, con el uso de todo tipo de cremas, geles y tónicos. De tanto en tanto, recordaba lo que sufrió cuando empezó el viaje y su piel le pedía, mediante rojeces y descamaciones, una vuelta a las comodidades. Puede que esa fuera de las pocas cosas que realmente echaba de menos. El resto de comodidades, le traían sin cuidado.
Se vistió cómodamente, pantalón y chaqueta vaquera sobre una camiseta de cuello alto. Seguramente, la tormenta de ayer habría refrescado el ambiente matinal, pero tampoco sería para tanto.
Esta vez si que había hambre y decidió darse un buen desayuno. Se encaminó al restaurante que estaba al otro lado. Como recordaba a su llegada, era una especie de complejo a ambos lados de la carretera. De una parte, el motel y la gasolinera, que compartían la recepción. De la otra, el restaurante y el garaje, y tres o cuatro viviendas prefabricadas de enclenque estructura. Todo bajo el mismo nombre de 'Riverside'. "Y dónde estará el rio"
Al ir a cruzar, observó con asombro que el pueblo era bastante más grande de lo que en un principio creía. Justo al final del complejo, la carretera tomaba una pequeña pendiente hacia abajo, y se convertía en la calle principal de un buen número de casas unifamiliares y locales. “Vaya, yo que me paraba en un motel de paso y me encuentro con esto. Se pone interesante”. Un cartel, de piedra, anunciaba el nombre del pueblo, como no, el mismo que daba nombre al motel y demás. “Y el obsesionado sigue sin verlo”
Llevo su mirada por encima de la carretera, giro con ella a la derecha, hacia las montañas, y le llamó la atención una columna de humo, proveniente de lo que parecía un asentamiento lejano. Probablemente fuera la reserva india de la que había oído hablar en anteriores paradas. Se apuntó mentalmente la posibilidad de una futura visita.
Las tripas le rugieron. Entró en el restaurante, cuya primera impresión no le sorprendió en absoluto, tantos otros en los que había estado. Se sentó en la primera mesa, cerca de la puerta y jugueteó con la carta sin leerla.
- ¿Café, señor?
Una mujer de mediana edad, demasiado maquillaje para tan temprana hora, con destellos de glorias pasadas, le sonría con una jarra de café en la mano.
- Por supuesto, esto…Marge – dijo leyendo la chapa identificativa - ¿Cuál es la especialidad de la casa?
- Tenemos la mejor tarta de manzana del condado.
- Pues me vas a poner unos huevos revueltos, beicon y un trozo de esa deliciosa tarta de manzana.
- Enseguida, señor.
Más típicos tópicos del camino andado. Esperó su desayuno, dando un buen trago de su humeante taza “No está del todo mal. Veremos el resto”

miércoles, 7 de marzo de 2012

3

        Dos días sola, sin soltar una lágrima, sin probar un bocado. Esta niña es dura; pero está abandonada. La mujer india observaba a la niña con admiración y tristeza. Debía ser precavida, si quería hacer lo correcto.

Volvió a casa para hablar con su familiar.

- Lleva dos días sola, como en un escaparate. Los coches pasan y dejan comida a sus pies. Alguno ha intentado llevársela: ha sido el único momento en que ha hecho algún movimiento. Me ha señalado con el dedo, como si yo la protegiera.

- ¿Qué quieres que hagamos? Estamos en una reserva india. Una niña blanca llamaría mucho la atención. No sabemos si la buscan. Sabes que nos podría traer problemas.

- Cierto. También sé que los indios no abandonamos a los nuestros. Esa niña lleva sola dos días y dos noches en la carretera. La policía no la busca. Nadie ha dado parte de ella. Los turistas la ven como si fuera parte del paisaje. Parece que no tiene padre. Las pocas palabras que dice es que su madre la ha castigado; pero me parece demasiado cruel, hasta para una mujer blanca.

- De acuerdo. Ya sabes cuáles son las normas. Espera dos días más. Puedes estar cerca; pero no darle de comer. Es una niña, así que si tiene sed, dale agua. Si después de estos cuatro días no se ha movido de ahí y nadie ha venido a buscarla, la haremos pasar por una sobrina mestiza.

     La mujer salió satisfecha. Anduvo lo más rápido posible para acercarse a su futura "sobrina adoptiva". Estaba convencida de que nadie preguntaría por ella en los siguientes días...

AC


Se tumbó cómodamente en la cama con el diario que acababa de sacar del bolsillo exterior de su macuto. Recordó que se había dejado el bolígrafo en el coche, y como había cogido postura en la cama, abrió el cajón de la mesita de noche. Encontró un lapicero junto a varios panfletos de propaganda turística, "mañana por la mañana les echaré un vistazo", dos cajas de cerillas, con el dibujo de un búfalo y el nombre del motel, RiversIde, "dónde estará el rio", y una Biblia. Le llamó la atención el tiempo que llevaba sin pensar en dioses ni religiones. Nunca había sido muy creyente, pero si pensaba que debía haber algo más, algo que diera sentido al breve transito por el mundo. Ojeó distraído algunas hojas y la dejó encima de la mesilla. "Otra de deberes"
Abrió el diario por la primera página en blanco que encontró "Llevo más de medio libro" y comenzó sus anotaciones habituales:

Motel Riverside Día 1
Al contrario que en otras ocasiones, varias han sido las señales para detenerme y tras detenerme.
Lluvia, tan escasa últimamente.
Horizonte desesperante, sin previsión de un sitio mejor en millas a la redonda.
Pueblo pequeño hasta donde he visto. Posibilidad de ampliarse por el sur, no observado.
Habitación sencilla, comodidades justas. Cuadro simple de paisaje de la zona. O puede que lunar con hierbas. Darle la vuelta o esconder.
Mujer de recepción, único contacto, movimientos y texto aprendidos. Desgana. No amistosa.

Miró su reloj. Las ocho. Ya había caído la noche. Cogió unas monedas del bolso y se fue a la maquina que estaba junto a la recepción. Levantó la mano a la mujer al pasar por la puerta. Ella le respondió con un ligero movimiento de cabeza, sin apenas apartar la vista de la mesa. Sacó unos cuantos snacks y volvió a su habitación. De camino, contó tres coches aparcados en las puertas de sus habitaciones, dos de ellas con las luces encendidas, y otro par que parecían ocupadas, seguramente por los dueños de los camiones del aparcamiento junto a la gasolinera. Reparó en el taller de la propia estación y decidió ir por la mañana a ver si tenían trabajo. No lo necesitaba, pero siempre era una buena forma de entrar en contacto con la gente del lugar.
Entró en su habitación, se quedó en camiseta y mordisqueó las barritas que había comprado recostado en la cama. A pesar de notarse el estomago vacío, no tenía ganas de comer. Poco a poco le fue venciendo el sueño. Se metió bajo la manta, parecía que esa noche iba a refrescar, y se dejó vencer. "Mañana comienza con un nuevo amanecer. ¿Qué me deparará?"

domingo, 4 de marzo de 2012

AB


Con la toalla al cuello, salió a por su macuto y cogió la navaja y el jabón de afeitar. Le encantaba rasurarse con ella. “Nada me deja la piel tan suave”. Comenzó su ritual. Al contrario que a la mayoría de los hombres, afeitarse le relajaba y los resultados eran fantásticos. Se dejaba una piel suave, sin cortes ni irritaciones. “Si, dilo: Como el culito de un bebe” A contrapelo, con mimo, pero con firmeza, poco a poco hizo desaparecer toda la espuma de la cara. Limpió la navaja bajo el chorro del grifo y la guardó en su estuche. Comprobó que ya apenas le quedaba jabón. “Mira, ya tenemos excusa para explorar el pueblo. Pero tendrá que esperar a mañana”.
Salió a la habitación y se puso lo primero que salió: un cómodo pantalón vaquero elástico y una camiseta con una caricatura en relieve del Monte Rushmore, comprada en alguna de sus paradas. No solía sacarla a la calle, no fuera a ofender a alguien. Siendo que no le apetecía salir, mañana será otro día, decidió deshacer su petate y colocar las cosas. Tenía el presentimiento, con la mente despejada tras la ducha y el afeitado, que aquella parada podía ser de las prolongadas. También la imagen de la larga carretera por esas tierras baldías le incitaba muy poco a la aventura.
¿Aventura? ¿Eso era lo que estaba haciendo? ¿Vivir una aventura? Cuando decidió dejar todo atrás, era consciente de que solo quería escribir en una página que estaba en blanco desde hacia demasiado tiempo. Buscarse un pretexto, a sabiendas de lo absurdo e innecesario, fue el modo de autoconvencerse para escapar. Su vida se había sumido en el hastío de la monotonía. Fiestas infumables, donde le doraban la píldora por lo que tenía, no por lo que era, reuniones y convenciones de discursos repetidos,… Había que suicidarse socialmente, nadie realmente importante le ataba, familia, amigos, y partir en base a una excusa imposible.
Y desde aquella mañana en que abandonó aquel mundo, había sido, de una manera o de otra, feliz. Al menos, distinto.
¿Vivir una aventura? No, definitivamente, no. Era la aventura de sentirse vivo.

2

             ¡Chop, chop, chop! Una lluvia lenta, pero constante había formado un charco alrededor de la niña. Su mano temblorosa sujetaba el bocadillo, mientras las gotas le caían por la cara, que permanecía inmutable. Mi mamá vendrá. Lo sé. Me porté mal; pero vendrá. El cielo gris apenas dejaba ver el sol, que iba enrojeciendo por momentos. Doce horas sentada en la misma piedra le habían supuesto comida suficiente para sobrevivir un par de días. Lo único que había tocado era una botella de agua, puesto que en las horas de más calor no tuvo más remedio. Mamá se enfadará, vendrá más tarde. Le picaba el antebrazo y le dolía la cabeza. Su piel blanca no soportaba demasiado bien el sol. A pesar de todo, no había soltado una lágrima. Es un castigo. Lo sé; pero mamá vendrá
             Su mirada fija en el vacío no notó que había una mujer de mediana edad observándola.  Llevaba el pelo recogido en dos trenzas canosas y quemaba constantemente unas ramitas de salvia en una concha. Es muy fuerte, pero necesita ayuda. La pedirá. Lo sé. Comenzó a cantar en un dialecto indio que la niña desconocía, pero por vez primera dejó de mirar a la carretera para observar fijamente a su vecina. Es muy bonito lo que canta. A mamá le gusta la música... 
               La luz del cielo se hacía cada vez más oscura, pero Angie no tenía miedo. La mujer de las trenzas seguía allí, cantando para ella. Ahora ya no se paraba nadie para darle comida, porque creían que estaba acompañada. Y así era. Ya no pensaba en el castigo....

jueves, 1 de marzo de 2012

AA


Paseó el dedo por el cristal mojado y dejó resbalar la gota. Sin darse cuenta, vio que había dibujado un ojo, y esa gota era una lágrima que caía de él. Lentamente se iba diluyendo con la fina lluvia que golpeaba con ritmo inconstante.
Esos ojos que le tenían comido el cerebro, asomados en un sueño, pero con la certeza de su existencia.
Marcó los últimos trazos que quedaban con una gran Q. “Objetivo subjetivo que llevas mis riendas” Obsesión que marcaba su vida desde el instante en que entraron.
Se alejó del coche, rumbo a la habitación del motel. Otra sucia cama de carretera más, rumbo a ninguna parte. Quién sabe cuanto tiempo sería su nuevo hogar. Puede que una semana, quizás dos. Nunca había parado más de un mes desde aquel golpe de suerte, hacia ya, ¿cuánto?, seis, puede que siete años. El tiempo se había parado y no tenía mayor importancia que la de comer, dormir y continuar su búsqueda “Y si hallar, ¿para qué?”
Soltó el viejo petate sobre la silla, se quitó despreocupadamente la ropa, dejándola desperdigada por el suelo, y se tumbó en la cama. Cogió el mando de la mesita y encendió la televisión. Un canal, otro. Se detuvo en el 32, local, donde una rubia operada de profundo escote, daba el tiempo previsto.
“Qué dirá, esos pechos no me dejan oír”
Sonriendo por su enésimo autochiste, cogió su mechero y se encendió un cigarrillo. Se quedó absorto viendo como desaparecían las volutas de humo, camino del techo. Como a ellas, nada le obligaba a estar allí. Era libre de parar aquí o allá. Si había escogido ese lugar era porque había empezado a llover después de mucho tiempo, y lo tomó como una señal. Bueno, eso, y que en kilómetros a la redonda de un horizonte pelado no se veían señales de otra civilización.
Un pueblo, con motel-gasolinera-restaurante-tienda, todo en uno, rodeado por unas pocas casas y una pequeña iglesia. Hasta ahí había visto. Y no le interesaba nada más. Porque era, simplemente, otro sitio, que importaba tamaño o situación.
Apagó el pitillo en un sucio cenicero, donde antes hubiera deslumbrado una Marilyn de faldas levantadas, y se fue al baño, dejando atrás el sonido de una desconocida canción country, silbada por un extraño personaje desde el televisor. Abrió el grifo de la ducha, y recibió la bienvenida de un chorro de agua ocre, que, poco a poco, tras dos pequeñas explosiones, tornó a transparente. Temperatura, OK. Ni frío, ni calor. No le gustaban los extremos, para nada.
Colocó las manos contra la pared de la ducha y dejó que el agua borrara los rastros de suciedad y cansancio acumulados. No había sido uno de los peores viajes, solo había dormido en el coche una noche, y su cuerpo se había adaptado a la perfección a dormir sobre los asientos. Puede que la extraña tormenta hubiera afectado a su organismo después de tanto tiempo sin ver una. Puede que se estuviera haciendo mayor.
Limpió el vaho del espejo y sonrió a la imagen reflejada. "No estás mal para todo lo vivido"

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      "¿Dónde está mi mamá?" Un coche rojo había abandonado la carretera a toda velocidad; mientras la niña con un hilo de voz le preguntaba al conductor del camión que acababa de aparcar en el arcén de la carretera por un pinchazo. El hombre miró a lo lejos. No había nadie más que él. Joder, llego tarde y ahora esto. La niña lo miraba con un interrogante. Su mirada parecía la de un animal abandonado, incrédulo, pero consciente. No había ingenuidad en sus ojos verdes. Era una adulta en un cuerpo de una niña de diez años. "Aquí no hay nadie más que tú y yo. No voy a interrumpir mi ruta por ti. Llego tarde." "Mi madre me dijo que no me subiera con extraños." Asunto arreglado, me voy. Se limpió las manos con un trapo, guardó las herramientas, cogió un bocadillo del asiento del acompañante y le ofreció la mitad.  "Mi madre dice que no coja comida de los extraños."  "Guárdalo. Lo necesitarás." Subió al camión, encendió el motor y arrancó sin mirar atrás. ¿Quién puede abandonar a una niña en el desierto? Miró por el retrovisor: se había sentado encima de una piedra, con el bocadillo en la mano y la mirada perdida hacia atrás. Si su madre la había dejado a su suerte, ¿qué podía hacer él?