sábado, 31 de marzo de 2012

5

       Al caer la noche del cuarto día, la mujer india se acercó en silencio, encendió unas ramitas de salvia y cubrió a la niña con su humo mientras cantaba en su idioma.

- ¿Cómo te llamas? -le preguntó Angie-. 

         No obtuvo respuesta: seguía haciendo su ritual. A la niña le pareció que olía bien.

- Ven conmigo. Ya estás preparada.

- No. Mi madre me dejó aquí y dijo que la esperara.

- Tú sabes, como yo, que no vendrá. Lo has visto en tus sueños.

En realidad no sabía si era un sueño, si se lo había imaginado o si de verdad se sentía como una lobezna abandonada; pero intuía que su madre esta vez no volvería.

- ¿Cómo te llamas? -insistió la niña- ¿Cómo sabes que he soñado con algo? ¿Eres una maga?

- Eso son muchas preguntas, pero te responderé, si me acompañas. Me imagino que tendrás hambre y sed.

El estómago sonó con fuerza.

-Sí, tengo hambre y sed.

-Soy Josephine Wolf. Como ves, no soy como tú, soy una mujer india de la tribu de los lakota. Has estado cuatro días sola, sin apenas moverte de esa roca. No has comido ni has bebido. Sin quererlo, has convertido en mujer. Algo pronto, incluso para nuestra tradición, pero siempre hay un motivo para todo: no lo olvides.

- No lo entiendo. ¿Eres maga?

- No, no soy maga. Si sé que has soñado con algo es porque estoy convencida de que lo has hecho. Has estado sola, no has llorado, no has salido corriendo: algún animal te protegía.

- Tú dices que no, pero eres maga. He soñado con lobos y no me hacían daño.

- Entonces, confía en mí y vente con los míos. No te haremos daño.

        La noche era cerrada, pero la luna llena iluminaba la figura de las dos mujeres caminando por el arcén de la carretera...




martes, 20 de marzo de 2012

AE

Los huevos y el beicon estaban en un buen punto, pero la tarta de manzana era de lo más corriente. A mitad de desayuno reparó en la mujer, única cliente en el restaurante junto a él. Pañuelo en la cabeza y gafas de sol, le vino a la mente Susan Sarandon, pero no había indicios de ninguna Thelma acompañándola.
Levantó el brazo y, rápidamente, acudió la camarera.
- ¿Señor? ¿Está todo bien?
- Todo perfecto. La tarta es deliciosa - mintió descaradamente - ¿Podrías traerme un poco más de café y la cuenta?
- Enseguida, señor.
- Ah, y me llamo Quintin. Creo que pasaré una temporada por aquí. Será mejor que dejemos las formalidades, ¿no crees, Marge?
- Como desees, Quintin - y marchó a la barra contoneando un poco más la figura, cuan pavo real tratando de atraer a la hembra. "Quien tuvo... Todavía hay buen brillo"
Con la taza caliente en la mano, se acercó hasta la mesa de 'Louise'. Pudo ver azúcar derramada y el dedo de la mujer pasando por unas letras escritas en ella: una 'A' y una 'n', y lo que, en un principio, parecía una 'p'. "No, no. Lo estás viendo del revés. Es una 'g'".
- Hola. Me parece que ambos nos alojamos en el motel.
- Pues creo que te confundes. Acabo de llegar y solo estoy de paso.
- Disculpa, pensé que...
- No hay nada que disculpar - dijo sin levantar la mirada de la mesa, siguiendo las líneas de las letras.
- Aun así, siento haberte molestado - avergonzado, giró hacia su mesa.
- Espera. Siéntate. El inicio no ha sido muy elegante, pero me vendrá bien un poco de compañía.
- La verdad es que no he sido muy hábil. El café no ha hecho su efecto despertador - arrastró una silla y se puso frente a ella - Me llamo Ton. Quintin Ton.
- Encantada - y con un rápido zigzagueo de su índice, borró las letras del azúcar. Subió la cabeza, bajo un poco las gafas de sol, y realizó un rápido escaneo visual de Quintin - Me llamo...

martes, 13 de marzo de 2012

4

           A pesar del frío de la noche, Angie permanecía inmóvil, con la mirada fija en Naghí. 

         Después de tres días, los turistas las contemplaba como estatuas de sal en el desierto. A veces bajaban del coche, para echar alguna foto, como si estuvieran delante de las mujeres de Lot. 
       
        El día había amanecido despejado y el cielo estaba más limpio que nunca. Mujer y niña parecían comunicarse telepáticamente. Resiste, mi pequeña lobezna, eres muy fuerte. Naghí tenía claro cuál sería siempre el animal de poder de Angie. Tendré que enseñarle a manejar su fuerza. Es un animal muy poderoso y puede perderte. 

         Tengo hambre y sed. ¿Por qué no viene mamá? Esa mujer parece buena. A mamá le gustaría. El día pasaba lento sin nada que llevarse a la boca,  pero había encontrado una manera de entretenerse. Con mamá jugaba poco: trabajaba mucho y pasaba muchas horas fuera. Fue entonces cuando empezó a imaginarse que era una loba. Era su animal favorito desde que hizo un trabajo en la escuela sobre él.  Un lobo jamás la hubiera dejado sola... Ahora, se imaginaba atravesando el desierto, en forma de lobo y encontrando una jauría -qué palabra más bonita- que fuera su familia. Cada vez estaba más convencida que nadie iría a por ella, pero ahí estaba esa extraña que la miraba fijamente y que no se movía de su lado.

lunes, 12 de marzo de 2012

AD

Ahhhhh!!!
Bostezo, estiramiento completo para colocar huesos y músculos, y el ritual macho ancestral de cerciorarse de que sus atributos permanecían en su sitio. Lavado de cara, de dientes "Dentífrico, otra que apuntar en la lista de compras", hilo dental, desodorante y fresca colonia. Esto se correspondía con los restos básicos de lo que en otro tiempo eran cerca de dos horas, con el uso de todo tipo de cremas, geles y tónicos. De tanto en tanto, recordaba lo que sufrió cuando empezó el viaje y su piel le pedía, mediante rojeces y descamaciones, una vuelta a las comodidades. Puede que esa fuera de las pocas cosas que realmente echaba de menos. El resto de comodidades, le traían sin cuidado.
Se vistió cómodamente, pantalón y chaqueta vaquera sobre una camiseta de cuello alto. Seguramente, la tormenta de ayer habría refrescado el ambiente matinal, pero tampoco sería para tanto.
Esta vez si que había hambre y decidió darse un buen desayuno. Se encaminó al restaurante que estaba al otro lado. Como recordaba a su llegada, era una especie de complejo a ambos lados de la carretera. De una parte, el motel y la gasolinera, que compartían la recepción. De la otra, el restaurante y el garaje, y tres o cuatro viviendas prefabricadas de enclenque estructura. Todo bajo el mismo nombre de 'Riverside'. "Y dónde estará el rio"
Al ir a cruzar, observó con asombro que el pueblo era bastante más grande de lo que en un principio creía. Justo al final del complejo, la carretera tomaba una pequeña pendiente hacia abajo, y se convertía en la calle principal de un buen número de casas unifamiliares y locales. “Vaya, yo que me paraba en un motel de paso y me encuentro con esto. Se pone interesante”. Un cartel, de piedra, anunciaba el nombre del pueblo, como no, el mismo que daba nombre al motel y demás. “Y el obsesionado sigue sin verlo”
Llevo su mirada por encima de la carretera, giro con ella a la derecha, hacia las montañas, y le llamó la atención una columna de humo, proveniente de lo que parecía un asentamiento lejano. Probablemente fuera la reserva india de la que había oído hablar en anteriores paradas. Se apuntó mentalmente la posibilidad de una futura visita.
Las tripas le rugieron. Entró en el restaurante, cuya primera impresión no le sorprendió en absoluto, tantos otros en los que había estado. Se sentó en la primera mesa, cerca de la puerta y jugueteó con la carta sin leerla.
- ¿Café, señor?
Una mujer de mediana edad, demasiado maquillaje para tan temprana hora, con destellos de glorias pasadas, le sonría con una jarra de café en la mano.
- Por supuesto, esto…Marge – dijo leyendo la chapa identificativa - ¿Cuál es la especialidad de la casa?
- Tenemos la mejor tarta de manzana del condado.
- Pues me vas a poner unos huevos revueltos, beicon y un trozo de esa deliciosa tarta de manzana.
- Enseguida, señor.
Más típicos tópicos del camino andado. Esperó su desayuno, dando un buen trago de su humeante taza “No está del todo mal. Veremos el resto”

miércoles, 7 de marzo de 2012

3

        Dos días sola, sin soltar una lágrima, sin probar un bocado. Esta niña es dura; pero está abandonada. La mujer india observaba a la niña con admiración y tristeza. Debía ser precavida, si quería hacer lo correcto.

Volvió a casa para hablar con su familiar.

- Lleva dos días sola, como en un escaparate. Los coches pasan y dejan comida a sus pies. Alguno ha intentado llevársela: ha sido el único momento en que ha hecho algún movimiento. Me ha señalado con el dedo, como si yo la protegiera.

- ¿Qué quieres que hagamos? Estamos en una reserva india. Una niña blanca llamaría mucho la atención. No sabemos si la buscan. Sabes que nos podría traer problemas.

- Cierto. También sé que los indios no abandonamos a los nuestros. Esa niña lleva sola dos días y dos noches en la carretera. La policía no la busca. Nadie ha dado parte de ella. Los turistas la ven como si fuera parte del paisaje. Parece que no tiene padre. Las pocas palabras que dice es que su madre la ha castigado; pero me parece demasiado cruel, hasta para una mujer blanca.

- De acuerdo. Ya sabes cuáles son las normas. Espera dos días más. Puedes estar cerca; pero no darle de comer. Es una niña, así que si tiene sed, dale agua. Si después de estos cuatro días no se ha movido de ahí y nadie ha venido a buscarla, la haremos pasar por una sobrina mestiza.

     La mujer salió satisfecha. Anduvo lo más rápido posible para acercarse a su futura "sobrina adoptiva". Estaba convencida de que nadie preguntaría por ella en los siguientes días...

AC


Se tumbó cómodamente en la cama con el diario que acababa de sacar del bolsillo exterior de su macuto. Recordó que se había dejado el bolígrafo en el coche, y como había cogido postura en la cama, abrió el cajón de la mesita de noche. Encontró un lapicero junto a varios panfletos de propaganda turística, "mañana por la mañana les echaré un vistazo", dos cajas de cerillas, con el dibujo de un búfalo y el nombre del motel, RiversIde, "dónde estará el rio", y una Biblia. Le llamó la atención el tiempo que llevaba sin pensar en dioses ni religiones. Nunca había sido muy creyente, pero si pensaba que debía haber algo más, algo que diera sentido al breve transito por el mundo. Ojeó distraído algunas hojas y la dejó encima de la mesilla. "Otra de deberes"
Abrió el diario por la primera página en blanco que encontró "Llevo más de medio libro" y comenzó sus anotaciones habituales:

Motel Riverside Día 1
Al contrario que en otras ocasiones, varias han sido las señales para detenerme y tras detenerme.
Lluvia, tan escasa últimamente.
Horizonte desesperante, sin previsión de un sitio mejor en millas a la redonda.
Pueblo pequeño hasta donde he visto. Posibilidad de ampliarse por el sur, no observado.
Habitación sencilla, comodidades justas. Cuadro simple de paisaje de la zona. O puede que lunar con hierbas. Darle la vuelta o esconder.
Mujer de recepción, único contacto, movimientos y texto aprendidos. Desgana. No amistosa.

Miró su reloj. Las ocho. Ya había caído la noche. Cogió unas monedas del bolso y se fue a la maquina que estaba junto a la recepción. Levantó la mano a la mujer al pasar por la puerta. Ella le respondió con un ligero movimiento de cabeza, sin apenas apartar la vista de la mesa. Sacó unos cuantos snacks y volvió a su habitación. De camino, contó tres coches aparcados en las puertas de sus habitaciones, dos de ellas con las luces encendidas, y otro par que parecían ocupadas, seguramente por los dueños de los camiones del aparcamiento junto a la gasolinera. Reparó en el taller de la propia estación y decidió ir por la mañana a ver si tenían trabajo. No lo necesitaba, pero siempre era una buena forma de entrar en contacto con la gente del lugar.
Entró en su habitación, se quedó en camiseta y mordisqueó las barritas que había comprado recostado en la cama. A pesar de notarse el estomago vacío, no tenía ganas de comer. Poco a poco le fue venciendo el sueño. Se metió bajo la manta, parecía que esa noche iba a refrescar, y se dejó vencer. "Mañana comienza con un nuevo amanecer. ¿Qué me deparará?"

domingo, 4 de marzo de 2012

AB


Con la toalla al cuello, salió a por su macuto y cogió la navaja y el jabón de afeitar. Le encantaba rasurarse con ella. “Nada me deja la piel tan suave”. Comenzó su ritual. Al contrario que a la mayoría de los hombres, afeitarse le relajaba y los resultados eran fantásticos. Se dejaba una piel suave, sin cortes ni irritaciones. “Si, dilo: Como el culito de un bebe” A contrapelo, con mimo, pero con firmeza, poco a poco hizo desaparecer toda la espuma de la cara. Limpió la navaja bajo el chorro del grifo y la guardó en su estuche. Comprobó que ya apenas le quedaba jabón. “Mira, ya tenemos excusa para explorar el pueblo. Pero tendrá que esperar a mañana”.
Salió a la habitación y se puso lo primero que salió: un cómodo pantalón vaquero elástico y una camiseta con una caricatura en relieve del Monte Rushmore, comprada en alguna de sus paradas. No solía sacarla a la calle, no fuera a ofender a alguien. Siendo que no le apetecía salir, mañana será otro día, decidió deshacer su petate y colocar las cosas. Tenía el presentimiento, con la mente despejada tras la ducha y el afeitado, que aquella parada podía ser de las prolongadas. También la imagen de la larga carretera por esas tierras baldías le incitaba muy poco a la aventura.
¿Aventura? ¿Eso era lo que estaba haciendo? ¿Vivir una aventura? Cuando decidió dejar todo atrás, era consciente de que solo quería escribir en una página que estaba en blanco desde hacia demasiado tiempo. Buscarse un pretexto, a sabiendas de lo absurdo e innecesario, fue el modo de autoconvencerse para escapar. Su vida se había sumido en el hastío de la monotonía. Fiestas infumables, donde le doraban la píldora por lo que tenía, no por lo que era, reuniones y convenciones de discursos repetidos,… Había que suicidarse socialmente, nadie realmente importante le ataba, familia, amigos, y partir en base a una excusa imposible.
Y desde aquella mañana en que abandonó aquel mundo, había sido, de una manera o de otra, feliz. Al menos, distinto.
¿Vivir una aventura? No, definitivamente, no. Era la aventura de sentirse vivo.

2

             ¡Chop, chop, chop! Una lluvia lenta, pero constante había formado un charco alrededor de la niña. Su mano temblorosa sujetaba el bocadillo, mientras las gotas le caían por la cara, que permanecía inmutable. Mi mamá vendrá. Lo sé. Me porté mal; pero vendrá. El cielo gris apenas dejaba ver el sol, que iba enrojeciendo por momentos. Doce horas sentada en la misma piedra le habían supuesto comida suficiente para sobrevivir un par de días. Lo único que había tocado era una botella de agua, puesto que en las horas de más calor no tuvo más remedio. Mamá se enfadará, vendrá más tarde. Le picaba el antebrazo y le dolía la cabeza. Su piel blanca no soportaba demasiado bien el sol. A pesar de todo, no había soltado una lágrima. Es un castigo. Lo sé; pero mamá vendrá
             Su mirada fija en el vacío no notó que había una mujer de mediana edad observándola.  Llevaba el pelo recogido en dos trenzas canosas y quemaba constantemente unas ramitas de salvia en una concha. Es muy fuerte, pero necesita ayuda. La pedirá. Lo sé. Comenzó a cantar en un dialecto indio que la niña desconocía, pero por vez primera dejó de mirar a la carretera para observar fijamente a su vecina. Es muy bonito lo que canta. A mamá le gusta la música... 
               La luz del cielo se hacía cada vez más oscura, pero Angie no tenía miedo. La mujer de las trenzas seguía allí, cantando para ella. Ahora ya no se paraba nadie para darle comida, porque creían que estaba acompañada. Y así era. Ya no pensaba en el castigo....

jueves, 1 de marzo de 2012

AA


Paseó el dedo por el cristal mojado y dejó resbalar la gota. Sin darse cuenta, vio que había dibujado un ojo, y esa gota era una lágrima que caía de él. Lentamente se iba diluyendo con la fina lluvia que golpeaba con ritmo inconstante.
Esos ojos que le tenían comido el cerebro, asomados en un sueño, pero con la certeza de su existencia.
Marcó los últimos trazos que quedaban con una gran Q. “Objetivo subjetivo que llevas mis riendas” Obsesión que marcaba su vida desde el instante en que entraron.
Se alejó del coche, rumbo a la habitación del motel. Otra sucia cama de carretera más, rumbo a ninguna parte. Quién sabe cuanto tiempo sería su nuevo hogar. Puede que una semana, quizás dos. Nunca había parado más de un mes desde aquel golpe de suerte, hacia ya, ¿cuánto?, seis, puede que siete años. El tiempo se había parado y no tenía mayor importancia que la de comer, dormir y continuar su búsqueda “Y si hallar, ¿para qué?”
Soltó el viejo petate sobre la silla, se quitó despreocupadamente la ropa, dejándola desperdigada por el suelo, y se tumbó en la cama. Cogió el mando de la mesita y encendió la televisión. Un canal, otro. Se detuvo en el 32, local, donde una rubia operada de profundo escote, daba el tiempo previsto.
“Qué dirá, esos pechos no me dejan oír”
Sonriendo por su enésimo autochiste, cogió su mechero y se encendió un cigarrillo. Se quedó absorto viendo como desaparecían las volutas de humo, camino del techo. Como a ellas, nada le obligaba a estar allí. Era libre de parar aquí o allá. Si había escogido ese lugar era porque había empezado a llover después de mucho tiempo, y lo tomó como una señal. Bueno, eso, y que en kilómetros a la redonda de un horizonte pelado no se veían señales de otra civilización.
Un pueblo, con motel-gasolinera-restaurante-tienda, todo en uno, rodeado por unas pocas casas y una pequeña iglesia. Hasta ahí había visto. Y no le interesaba nada más. Porque era, simplemente, otro sitio, que importaba tamaño o situación.
Apagó el pitillo en un sucio cenicero, donde antes hubiera deslumbrado una Marilyn de faldas levantadas, y se fue al baño, dejando atrás el sonido de una desconocida canción country, silbada por un extraño personaje desde el televisor. Abrió el grifo de la ducha, y recibió la bienvenida de un chorro de agua ocre, que, poco a poco, tras dos pequeñas explosiones, tornó a transparente. Temperatura, OK. Ni frío, ni calor. No le gustaban los extremos, para nada.
Colocó las manos contra la pared de la ducha y dejó que el agua borrara los rastros de suciedad y cansancio acumulados. No había sido uno de los peores viajes, solo había dormido en el coche una noche, y su cuerpo se había adaptado a la perfección a dormir sobre los asientos. Puede que la extraña tormenta hubiera afectado a su organismo después de tanto tiempo sin ver una. Puede que se estuviera haciendo mayor.
Limpió el vaho del espejo y sonrió a la imagen reflejada. "No estás mal para todo lo vivido"

1

      "¿Dónde está mi mamá?" Un coche rojo había abandonado la carretera a toda velocidad; mientras la niña con un hilo de voz le preguntaba al conductor del camión que acababa de aparcar en el arcén de la carretera por un pinchazo. El hombre miró a lo lejos. No había nadie más que él. Joder, llego tarde y ahora esto. La niña lo miraba con un interrogante. Su mirada parecía la de un animal abandonado, incrédulo, pero consciente. No había ingenuidad en sus ojos verdes. Era una adulta en un cuerpo de una niña de diez años. "Aquí no hay nadie más que tú y yo. No voy a interrumpir mi ruta por ti. Llego tarde." "Mi madre me dijo que no me subiera con extraños." Asunto arreglado, me voy. Se limpió las manos con un trapo, guardó las herramientas, cogió un bocadillo del asiento del acompañante y le ofreció la mitad.  "Mi madre dice que no coja comida de los extraños."  "Guárdalo. Lo necesitarás." Subió al camión, encendió el motor y arrancó sin mirar atrás. ¿Quién puede abandonar a una niña en el desierto? Miró por el retrovisor: se había sentado encima de una piedra, con el bocadillo en la mano y la mirada perdida hacia atrás. Si su madre la había dejado a su suerte, ¿qué podía hacer él?