Al caer la noche del cuarto día, la mujer india se acercó en silencio, encendió unas ramitas de salvia y cubrió a la niña con su humo mientras cantaba en su idioma.
- ¿Cómo te llamas? -le preguntó Angie-.
No obtuvo respuesta: seguía haciendo su ritual. A la niña le pareció que olía bien.
- Ven conmigo. Ya estás preparada.
- No. Mi madre me dejó aquí y dijo que la esperara.
- Tú sabes, como yo, que no vendrá. Lo has visto en tus sueños.
En realidad no sabía si era un sueño, si se lo había imaginado o si de verdad se sentía como una lobezna abandonada; pero intuía que su madre esta vez no volvería.
- ¿Cómo te llamas? -insistió la niña- ¿Cómo sabes que he soñado con algo? ¿Eres una maga?
- Eso son muchas preguntas, pero te responderé, si me acompañas. Me imagino que tendrás hambre y sed.
El estómago sonó con fuerza.
-Sí, tengo hambre y sed.
-Soy Josephine Wolf. Como ves, no soy como tú, soy una mujer india de la tribu de los lakota. Has estado cuatro días sola, sin apenas moverte de esa roca. No has comido ni has bebido. Sin quererlo, has convertido en mujer. Algo pronto, incluso para nuestra tradición, pero siempre hay un motivo para todo: no lo olvides.
- No lo entiendo. ¿Eres maga?
- No, no soy maga. Si sé que has soñado con algo es porque estoy convencida de que lo has hecho. Has estado sola, no has llorado, no has salido corriendo: algún animal te protegía.
- Tú dices que no, pero eres maga. He soñado con lobos y no me hacían daño.
- Entonces, confía en mí y vente con los míos. No te haremos daño.
La noche era cerrada, pero la luna llena iluminaba la figura de las dos mujeres caminando por el arcén de la carretera...