Las siguientes horas fueron una neblina de realidad y sueño.
Tirado en la cama, dejo pasar el tiempo entre pesadillas y cigarrillos.
Una espesa niebla en la habitación y otra en su mente.
Soñó con aquella mujer, viendo como ardía en una hoguera, que el
mismo avivaba. Y solo podía reír, señalándola, gritándole que el solo era el
brazo ejecutor. Y con el cuerpo al rojo vivo, lagrimas desafiantes al fuego
resbalando desde los ojos. Ojos amarillos, como de animal, llenos de ira y, a
la vez, de suplica, de perdón. Pero Quintin nada más que reía y reía, avivando
con sus risas, llanto y fuego.
Y cuando apagaba su segundo, tercer cigarrillo, y se acurrucaba
nuevamente en la cama, regresaba el mismo sueño.
Apenas consciente de que había dejado escapar un día, se acercó
al restaurante del otro lado de la carretera. Hambriento, aunque sin ganas de
comer, pidió una hamburguesa especial para llevar. Al salir, se cruzó con una
pareja que le miró de arriba abajo. No reparó en ellos, ni en su mirada ni en
los cuchicheos de reprobación según se alejaba.
Se dirigió al coche, dejó la bolsa con la comida en el asiento
del copiloto y condujo a ningún lado. Tomó un camino de tierra, al poco de
salir del pueblo. Un pequeño bosque al frente le hizo detenerse. Cogió la bolsa
y caminó sin rumbo fijo entre los arboles.
Al despejarse, vio por fin el famoso rio. Apenas era un hilillo
de agua, que parecía venir de las montañas, aquellas que ahora no parecían tan
lejanas. “¿A cuánto estaré del pueblo?”. El pequeño bosquecillo que había
cruzado tapaba la dirección por la que debía estar.
Mordisqueó la hamburguesa fría, desganado, y la lanzó con fuerza
hacia atrás, hacia los arboles.
No se percató que un pequeño lobo agarraba los restos y se escabullía
hacia dentro.
Se tumbó sobre el verde suelo, miró la luna y gritó:
- ¿Qué hice? Ese no podía ser yo. Ya no, ya no
Lloró hasta caer rendido.